La reconfiguración del nuevo espacio urbano

En 1950, la ciudad de Cochabamba tenía 80.795 habitantes, cuatro veces más que en 1.900. Al igual que en el resto del país, la población urbana creció pero era todavía una ciudad rural.

A pesar del despertar del campesino tanto en el altiplano con en los valles, la agricultura estaba en manos de grandes propietarios que controlaban la producción. La minería, que era la principal fuente de ingresos para el país, estaba manejada sólo por tres empresarios: Simón I Patiño, Mauricio Hoschild y Carlos Víctor Aramayo.

Estos fueron algunos elementos del escenario de graves contradicciones económicas, sociales y políticas en el que tuvo lugar la Revolución Nacional de 1952, un proceso histórico fundamental que cambió el país.

En este contexto, a partir de 1952 la ciudad de Cochabamba experimentó un inusitado aumento de su población en un 70 por ciento sobre el Censo de 1950, según apunta el historiador Augusto Guzmán.

La población de Cochabamba crece

La población de Cochabamba crece.

¿Las razones? El despoblamiento de los centros urbanos provinciales y su concentración en la capital. Por lo demás, la ciudad sigue siendo un centro activo de irradiación demográfica, ahora ya no sólo a La Paz y a los centros mineros, sino también a Santa Cruz.

Desde el punto de vista urbanístico, los esquemas del estatismo tradicional fueron rebasados pese a que la Revolución Nacional de 1952 trajo la inflación monetaria y la falta de incentivos a la construcción.

Problemas urbanos

Pero todo esto tuvo un precio. Cochabamba, caracterizada por su vida casi rural, de pronto comenzó a sufrir una serie de sobresaltos que hizo más difícil la vida de sus ciudadanos.

Según el arquitecto e historiador Humberto Solares, la escasez  de agua que era un castigo prácticamente permanente, la insuficiencia aguda de otras obras infraestructurales (drenaje, pavimentación, alumbrado, desagües, etc.), es decir, los problemas del mismo signo que en el pasado, pese a todo, eran llevaderos, por su magnitud se convirtieron en este período en un drama que no se podía solucionar.

En este contexto, las nuevas élites hacen de las carencias y restricciones, motivo para marcar su nueva condición de mando e influencia. La segregación social y espacial fue ganando terreno. Mientras la zona norte de la ciudad, conservaba parte de su verdor y recibía atención  de los planificadores, el aspecto gris de la zona sur denotaba su pobreza y abandono.

Según Solares, los ricos de antaño y los “nuevos ricos” acaparaban los mejores sitios comprendiendo que la adquisición  de tierras era una operación de valorización de capital y captación real o potencial de rentas sin mayor riesgo.

En esta dinámica también se incorporaron los excampesinos, gente que abandonó el campo y se instaló en la ciudad, sin dejar atrás su pobreza. La posibilidad de incorporarse a un espacio de oportunidades, cual era La Cancha, era un estímulo para ello.

A decir de Solares, el nuevo paisaje era el de un valle donde se intensificaban las agresiones al medio ambiente, se ampliaban las extensiones erosionadas y comenzaba a emerger el posteriormente perenne “hongo de polvo”, donde hicieron su aparición las torrenteras, la contaminación atmosférica se hacía notoria y “la clima”, que tanta fama dio a Cochabamba, daba señales de resentimiento. Así, el paisaje que organizaba entonces la sociedad valluna expresaba los valores esenciales  que la cohesionan de arriba abajo, es decir, los sueños monetarios y las infinitas maneras de deteriorar el medio ambiente para hacer realidad dichas aspiraciones.

La escasez del agua

En la década de los 50, el agua provenía de las captaciones de Arocagua, sin embargo, éstas resultaban cada vez más insuficientes para cubrir la demanda de una población que estaba en aumento, por lo que se exploran depósitos naturales de la cordillera del tunari. En 1970, el requerimiento de este recurso para la ciudad era de 500 litros por segundo y no contaba más que con 120 litros.